

Con este diálogo, si se quiere maldito, cierra una de sus memorables páginas el escritor argentino Héctor Tizón al hablar del último tren que pasaría por su tierra jujeña. En esa breve charla aparece la nostalgia y la estocada punzante sobre aquellos pasados que debieran preservarse.
“Cuando yo era niño, significaba una prenda de orgullo saber que esta nación era la primera, en Sudamérica, por la extensión de sus líneas ferroviarias”, recuerda el propio Tizón.
Con este espíritu, puede decirse, se cubrió días pasados el Teatro de la Confraternidad donde se llevó a cabo una jornada llamada “Bicentenario sin Ferrocarriles”. Desde un guarda –Dante Quaranta- picando boletos en la entrada, pasando por una obra de teatro y una charla, hasta una muestra fotográfica, todo contribuyó a un clima especial disfrutado por algo más de 200 personas, pasajeros y pasajeras de un viaje por la ruta de los trenes que supimos conseguir y por cuya vuelta se sigue luchando desde el interior.
En esta sinfonía de acero, como titula una de sus obras el escritor y militante ferroviario Juan Carlos Cena –y que estuvo presente en esta iniciativa- se escuchó algo más que un clamor, verdaderos soplidos de una historia repleta de datos interesantes. Precisamente el mismo Cena recordó que los jubilados ferroviarios fueron fundamentales en la historia y que sus conocimientos y experiencias serían de vital importancia como recursos humanos para el caso de una posible futura recuperación del sistema ferroviario. También instaló la necesidad y la conveniencia de la vuelta de los trenes en nuestro país por tratarse de un medio de transporte más económico, menos contaminante y más seguro. Asimismo, ilustró la situación describiendo las avanzadas redes ferroviarias con las que cuentan los países del primer mundo.
Por su parte el historiador local, profesor Hugo Mengascini, hombre además del barrio norte, colocó al año 1961 como un punto de inflexión en la historia ferroviaria, puesto que “se puso en marcha un plan extranjero de reestructuración de los transportes denominado «El Plan Larkin» que tenía el propósito de clausurar miles de kilómetros de vías y su reemplazo por carreteras para favorecer el transporte automotor de cargas y de pasajeros”.
Mengascini reseñó que “una huelga de 42 días le puso freno a ese plan, pero los siguientes gobiernos lo continuaron (bajo otras denominaciones) hasta que en 1992 con las privatizaciones se dio el golpe de knock-out”.
Una referencia que nos toca de cerca tuvo que ver con los kilómetros de ramales de vías que desde 1993 hasta la fecha fueron clausurados en el distrito de vía y obras de Tandil, cantidad de estaciones que resultaron desafectadas y de trabajadores que dejaron el ferrocarril a través de los retiros voluntarios y retiros compulsivos (cesantías) de los distintos gremios ferroviarios (Fraternidad, UF, Señaleros y personal de dirección).
A propósito se recordó a la comisión administradora encargada de la construcción de la casa social para La Fraternidad y la Unión Ferroviaria, integrada por Erasmo Lepanti, Juan M. Colombo, Matías Arizcuren, Fernando Marezcurena, Benito Castiñeiras, Antonio Pessino, Rafael Arizcuren, José Disipio, Emilio Crotti e Isidoro Pérez. Fue inaugurada el 20 de diciembre de 1925 y reinaugurada el 7 de junio de 2007. Además de estos apuntes históricos, la semblanza pasó por las tablas e integrantes de un taller de adultos mayores de la Escuela Municipal de Teatro (Quico Sbarsky y Alicia Vattuone, con la coordinación de Josefina Villamañe) dieron vida a una sencilla trama que ocurre en un pueblo de provincia, llamada justamente “La Llegada del Tren”..
En el hall de acceso se instaló una maqueta (creada por Juan Carlos Echeverría) que reproduce la estación ya desmantelada del ferrocarril de Napaleofú y junto con las fotos de Carlos Grassano y Gustavo Vetuschi, todo marchó sobre rieles con el eco de aquella inolvidable sinfonía de acero.
