Licenciada en Enfermería, forma parte del servicio de Neonatología del Sanatorio Tandil. Con una gran vocación e interés desde pequeña, por ayudar al otro, nos cuenta su historia, una invitación al esfuerzo y a la entrega.

Cuando Mariana terminó el secundario “la verdad es que no soñaba con ser enfermera”, dice. Si bien sabía que quería estudiar no tenía en claro qué. Y agrega: “A la par de la escuela trabajaba para cubrir mis gastos. Al recibirme del secundario, fui mamá pero siempre me habían quedado esas ganas de estudiar”. 
Desde pequeña, ella “tenía eso de que cuando había alguien que se lastimaba, siempre era la primera en salir corriendo a ayudar”, explica. Lo mismo ocurría en las situaciones en que la gente “se abatataba” y no sabían qué hacer. Mariana era quien tomaba las riendas del asunto.

Su madre siempre fue una convencida de que la enfermería era algo que estaba en ella. “Mi hermano más chico sufría de lo que se llama ataque de falso crup. Se le cerraba la garganta, se inflamaba y eso le dificultaba la respiración. Yo lo trataba de calmar hasta que llegaba la ambulancia. Tendría unos 15 años”, explica.

Así fue como con todos esos antecedentes, más las ganas de formarse, se decidió por estudiar enfermería “y no me arrepiento para nada”, afirma con una sonrisa, pues su profesión le deja cosas buenas todos los días aunque sabe que es una carrera a la que aún le falta reconocimiento. 

Mariana Fittipaldi, es la hermana del medio, entre dos varones. Nacida en una familia humilde en la que, a veces, han faltado cosas, no le importó trabajar para colaborar. Y cuando tuvo a sus hijas, Lara, de 11 años, y Jazmín, de 9, se convenció de que para que a ellas no les faltara nada, tenía que estudiar. 
“Hasta saber que quedaba efectiva en el Sanatorio Tandil, la carrera la hice cocinando y limpiando casas por hora. También hice mandados en bicicleta. He hecho de todo”, expresa. 

Actualmente, y porque uno no controla esas cosas, cree que no sabe qué futuro podrá darle a sus hijas. Sin embargo, gracias a su profesión, tiene la certeza de que no les va a faltar nada. Además, por lo que hace, es uno de los orgullos de la familia. “Mi mamá está feliz con mis logros y a donde va o con quien hable, dice que su hija es enfermera y yo le digo: Mamá, no. Basta. 

Y ella igual lo repite por todos lados”, cuenta. 
Y sus hijas, también sienten lo mismo. “Una vez tuve que ir a la escuela de Lara, la más grande, a dar una charla sobre vacunas. Cuando la vi cómo me miraba, entre sus compañeros y después que ellos le dijeran: Guau, tu mamá es enfermera o ¡Vino la mamá de Lara!, para mí fue una muestra de que ellas también sienten orgullo por mí. Y todo eso se debe a mi carrera, a mi profesión”, relata.

Su camino hacia la profesión

Mariana nació hace 31 años. Más específicamente el 4 de octubre de 1986. Al jardín de infantes, lo hizo en el Jardín N° 917 “Rosario Vera Peñaloza”. La primaria, fue en la Escuela Primaria N° 5 “Nicolás Avellaneda” y, los estudios secundarios, en la Escuela Técnica N° 3.

Luego estudió los tres años de Técnico en Enfermería en el Instituto Superior de Formación Técnica A.M.E.M.T., donde tuvo docentes a quienes les agradece y recuerda con mucho cariño. “Vos estudias un año y sos Auxiliar de Enfermería, eso ya te da un título para empezar a trabajar en cualquier institución o en un geriátrico. Después continuas dos años más, que sería lo que nosotros llamamos Enfermera Profesional aunque el título es Técnico en Enfermería, y después dos años más; o sea, en total son cinco años, para ser Licenciado”, explica. Y, a esta última formación de grado, la cursó en Azul porque cuando ella estudió nuestra ciudad no brindaba dicha posibilidad. Ahora sí. 

Mariana recuerda que cuando arrancó la Licenciatura ya estaba trabajando en el Sanatorio Tandil y tenía las dos nenas. Sin embargo eso no fue un impedimento para  avanzar en lo que se había propuesto. “Y también, el Sanatorio nos ayudó mucho ya que como éramos varios los que queríamos hacer la Licenciatura, contemplaba el sacrificio que hacíamos. Allí formamos un grupo y alquilábamos una combi para viajar todos juntos”, expresa.

Si bien el crecimiento y el compromiso por lograr los objetivos que uno se fija, dependen de uno mismo, los dos grandes pilares en su vida fueron su papá, que falleció hace tres años, y que fue “mi gran amigo y apoyo”, y su marido Ariel, con quien está hace 17 años y “sin el que no hubiera logrado nada en mi vida. Fue mi sostén incondicional”, dice. 

El trabajo de cada día

Mariana Anahí Fittipaldi desde que se recibió, trabaja en el Sanatorio Tandil. Aunque comenzó en otro espacio, actualmente, se desempeña en el área de Neonatología. Como enfermera su trabajo consiste en “brindar cuidados a los recién nacidos. Es decir, darles todo lo más parecido a lo que sería estar dentro del útero materno”, explica.

La enfermera en Neo, como ella se refiere a su lugar de trabajo, les otorga a los recién nacidos cuidados de nutrición, higiene, confort, tratamientos para paliar el dolor y tratamientos farmacológicos, entre otras cosas. Todos estos cuidados en calidad y cantidad para darle al bebé prematuro, la mejor expectativa de vida y apuntando a prevenir secuelas. 

Dentro de Neonatología, el principal interés consiste en cuidar el neurodesarrollo del bebé “por lo que tratamos de no darle muchos estímulos y, por ende, de minimizar, en lo que se pueda, los ruidos porque todo eso afecta al bebé, en su recuperación y crecimiento”, cuenta. Como Mariana tiene un tono de voz elevado, una de las primeras cosas que le dijeron cuando comenzó a trabajar fue “que tenía que bajar un poquito la voz. Y es el día de hoy que me cuesta regularla. Igual siempre hay alguien haciéndome señas para que lo haga”, dice entre risas.

Con horarios rotativos en turnos que son de mañana, tarde y noche, tres días de cada uno, ella dice que su trabajo es muy dinámico ya que podés tener ingresos en todos los horarios, un bebé se puede complicar en cualquier momento y hay muestras de laboratorio, en los tres turnos. “Mis jornadas dependen de la cantidad de pacientes y de la calidad. Salvo en el turno de la noche, en los otros dos tenés entradas de visitas de papás. Mañana, tarde y hasta las 20 pueden venir a ver a los pacientes”, explica. 

Afianzada y experimentada en su profesión, recuerda que durante una de las primeras guardias de cuidado a un paciente grave, que le tocó hacer sola, “creo que no me senté en toda la noche. No me moví de al lado de la incubadora. Escuchaba que sonaba el sensor que tiene control de los signos vitales y no podía despegarme de él”, narra. Hoy, y en la medida en que las guardias fueron pasando, ya se siente más confiada y puede reírse de aquella primera experiencia. 

Una gran vocación

Cada 12 de mayo, a nivel mundial, se celebra el Día Internacional de la Enfermería, fecha promovida por el Consejo Internacional de Enfermería pues conmemora el nacimiento de Florence Nightingale, considerada “fundadora” de la enfermería moderna.

Al igual que aquella mujer que murió en Londres, en 1910, Mariana siente pasión por lo que hace. “Hay gente que me ha dicho que ya iba a perder ese entusiasmo y me cuesta creerlo porque ellos también trabajan en salud. Me parece que los que lo perdieron, fueron ellos”, dice. Si bien reconoce que a veces debe renegar con los familiares de sus paciente, y con algún que otro colega, eso no hace que, el amor por su trabajo, se pierda. “Estoy convencida de que el día que eso me pase, debería renunciar o cambiar de empleo”, afirma.

Un profesor de la Carrera de Enfermería, en la primera clase, recuerda que les preguntó a sus alumnos el por qué de la elección de dicha profesión. Ella contestó que porque le gustaba ayudar y las demás respuestas fueron de lo más variadas: por la salida laboral, porque habían soñado con ser enfermeros, porque alguien les había dicho Che, voy a estudiar enfermería, ¿querés estudiar conmigo? A los tres años, y a punto de recibirse, la mayoría de los que la habían elegido por algo puramente laboral habían abandonado. Y, si bien, para tener dicha salida hay que estudiar, los que habían logrado terminar “habían encontrado esa vuelta, ese gustito, ese placer por lo que es la enfermería”, explica.

Con ese grado de vocación, de amor por su trabajo y de compromiso, es imposible no sentir orgullo por la labor que Mariana realiza a diario. Y esto su madre lo tiene bien en claro. Entre sus recuerdos más bellos, jamás olvidará aquel día en que “entraba de guardia y hacía mucho frío y llovía. Como iba en bicicleta, solía entrar por el estacionamiento. Al fondo del Sanatorio vi a alguien parado, en la oscuridad, al fondo del pasillo, con una campera negra y larga. Me asusté pero tomé coraje, me bajé de la bicicleta y, cuando me acerqué, era mi mamá que me esperaba para darme una flor por el Día de la Enfermera. Las había estado vendiendo y se había ido hasta mi trabajo para darme mi rosa”, concluye con una voz cargada de emoción. 

Dicho esto, esta sección les quiere desear un feliz Día de la Enfermería, tanto a Mariana Anahí Fittipaldi, como a las ocho mujeres que trabajan en el área de Neonatología del Sanatorio Tandil: Lorena P., Dorita, Sole, Lorena C., Naty, Ana y Paz. En sus manos tendidas, seguramente los padecimientos se mitigan.

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