Concluye el siglo XIX, comienzan los nacientes y humildes escarceos de lo que sería, en poco tiempo, el salto mayor en la Historia de la Humanidad, la Industria de la Aviación.

Como sabemos se aumentan las investigaciones y sondeos, los descubrimientos, las invenciones, los trabajos, los sueños e ilusiones.

En la lógica y el entendimiento del conocimiento, y en este caso el aeronáutico, el mismo comienza su expansión a través del mundo civilizado.

Por aquellos tiempos, nace en nuestro Tandil, quién habría de construir, junto con su hermano, una de las primeras aeronaves de la Argentina, hecha por argentinos.
 
Circunstancia ésta que podemos dar fe a ciencia cierta por contar con pruebas documentales.

Aquél año de 1880, presentaba a Tandil como una aldea de provincia que crecía de a poco como un grito entrecortado e irregular de civilización en ese mar verde de la pampa ubérrima y extraordinariamente feraz.

Había sido fundada un 4 de abril del año de 1823, por el Brigadier General Don Martín Rodríguez y se desperezaba en el tiempo del estío hacia fines de diciembre.

La crónica y las memorias difieren del día del nacimiento de Sebastián Heder Peyrel, algunos citan un 29 de diciembre como el Profesor Don Juan Roque Castelnuovo, reconocido historiador tandilense en el ámbito nacional e internacional, otros como Julio Víctor Lironi dicen el 27 coincidiendo con otros.

Haciendo justicia al lugar de advenimiento tomaremos el 29 de diciembre como fecha cierta de su nacimiento, no siendo, en definitiva, una circunstancia sustantiva la misma, pero paradojalmente es que también muere en diciembre y cerca de su nacimiento.

Por aquellos tiempos la égida de la protección municipal era ceñida a unas pocas cuadras, produciéndose su arribo al mundo en la calle Sarmiento.

Su niñez fue marcada en firme contraste por lo que después lo distinguiría de sus conciudadanos, la inquietud, la iniciativa, la audacia y sobretodo la rebeldía en cuanto a una vida chata, aplastad y sin horizontes de perspectivas.

Comenzó sus estudios en el Colegio Chapsal, propiedad de Monsieur Lauri que estaba situado en la calles Pinto e Yrigoyen (actual).

Pero no era un alumno constreñido y obligado al aula, se escapaba del colegio para inventar objetos, producto de su imaginación en la hojalatería de su Padre.

Allí nació su pasión e ímpetu de constructor, allí se familiarizó con el golpeteo del martillo, con el ruido de los motores, con ver salir de sus manos y de las de su Padre, objetos, cosas que tenían la impronta y la traza de su creación.

Quizá esto fue condicionando de joven su espíritu en un hálito para acometer la gran empresa, ¡a posteriori de construir… un avión y que volara!!

Pero también su vida transcurría a “ochenta por hora”, velocidad audaz y “nunca exceder” de los automóviles que escasamente circulaban por estas comarcas serranas.

Aprendía rápido el muchachito, no descuidaba el aprendizaje que evidentemente era bueno pues aprobaba las exigencias del Colegio de una forma sistemática.

Pero el otro aprendizaje, el que no tenía sistema alguno y del cual abrevaba rápidamente, también progresaba en forma notoria y eficiente.

Sus Padres, Doña Ramalina y Don Samuel, veían en él una promesa para la Patria, y pensaban en que cursase un estudio superior.

¡Nada más lejos de la realidad! El espíritu adolescente de Sebastián presentó resistencia y ya en su mente anidaba el proyecto de no estar sujeccionado a la tierra siempre.

Porque al decir de don Juan Roque Castelnuovo:” había nacido para estar suspendido en el cielo como una estrella…”

Así era, revoltoso, pícaro, sumamente inquieto, rebelde a estar encasillado en una rutina que ahogaba su iniciativa.

Y a los 17 años comienza, o, mejor dicho, continúa su ya vida novelesca y plena de visicitudes.

Sus padres, queriendo aplicar un criterio, a todas luces, lamentablemente equivocado, que muchas familias asumieron en nuestro país, ¡no creyeron mejor opción que colocarlo…” bajo Bandera” !, o sea incorporarlo a la milicia en nuestra Armada Argentina.

Y señalo esto porque la Historia, en general, nos debe de advertir los errores sociales cometidos por los diversos nucleamientos sociales dentro de nuestro país.

El creer que la milicia era un correccional de conductas antisociales ó desviadas, hablando de la milicia en el servicio por conscripción, fue un error generalizado en casi toda la Iberoamérica, que en estos días, tiende a repetirse.

Y así con sus adolescentes 17 años se incorpora, por fuerza de la voluntad paterna, en un buque de guerra.

Tematizando el equívoco, su Padre sentenció:

“Ahora se hará hombre…”

A pocos días de su embarque, aparece el Hijo, después de haberse lanzado al mar en un madero y escapando así de su “correctivo”.

Con el correr del tiempo, el progreso de la aeronáutica lo seduce fuertemente y se traslada a Buenos Aires ingresando en la Escuela de Aviación que funcionaba en la Villa de Lugano, cuna de tantos Aviadores argentinos y de países hermanos, tal el caso del Mayor Don Eduardo Alfredo Olivero, Héroe Nacional y Numen Tutelar del Instituto que lleva su nombre.

Tuvo como Padre en Vuelo a Don Pablo Castaibert que descubrió en él una madera especial, y que vio en ese joven tandilense un embrión de un gran aeronauta.
 
Tan es así que cuando todavía no había obtenido su Brevet Internacional de Piloto Aviador Número 92, que fuera expedido por el Aeroclub Argentino, ya impartía instrucción elemental a los demás Alumnos Pilotos, obteniendo así una mayor capacidad operativa para el vuelo.

Sabemos todos que existen dos tipos de Pilotos e Instructores, cuando nos ha tocado formar a los unos y los otros, el Ab Initio y el Ab Conditio.

Peyrel estaba dentro del primer grupo por su facilidad para el aprendizaje, su familiaridad con la actividad aeronáutica y su dedicación a la misma.

Pablo Castaibert le confió a su cuidado el aparato con el cual despertó admiración en los porteños y…suspiros en las porteñas.

Fue así que en un día de pertinaz llovizna con fuertes vientos arrachados, aún en contra de los consejos de los Instructores, Sebastián Heder Peyrel rindió su examen para brevetarse y aprobó.

Fue un 30 de noviembre del año de 1915.

86 años después fundábamos el mismo día de noviembre nuestro Instituto de Historia Aeronáutica y Espacial “Mayor Eduardo Alfredo Olivero”, por efecto espejo del Instituto madre, Decano en América, el Instituto Nacional Newberiano.

Circunstancia, en cuanto a fecha totalmente impensada y por cierto paradojal también.

Se breveta como Piloto en un avión Castaibert 912-4, construido por su ya famoso Piloto e Instructor. Aeronave en la cual se inspiraría para construir su “Mosquita” en su Tandil.

Comienza en la mente de Sebastián Peyrel a germinar la idea de construir su avión, en base a imitar en el cual naciera al aire como Piloto y con algunas partes y chapas que habían quedado en la ciudad, producto del accidente de Bartolomé Cattaneo que cayera en el intento de volar, allá por el 1914.

Con paciencia, con ingenio, adivinando perfiles, empenajes, cuerdas, planta de poder, relaciones aeronáuticas en cuanto al peso y sustentación, sin túnel de viento, sin nada…sólo con tesón y visión imaginativas, propio del inventor, comenzó a construir unos de los primeros aviones que volare, sino quizá el primero de la República Argentina.
     
   
Planta de poder Gnomo de 50 HP

Al fuselaje, que lo fue imaginando e imitando le agregó los planos en una cuasi mezcla de perfiles. El tren de aterrizaje fue ruedas de bicicleta.

Sin tener noción aeronáutica alguna y mucho menos de aerodinámica, ¡un anciano carpintero le diseña y burila una hélice! 

El entusiasmo de hacer y volar se sobrepone a todo tipo de dudas, a todo tipo de incertidumbre: ¡el aparato habría de volar!

Se suma a este sueño su hermano, que había realizado el servicio de conscripción en nuestra Armada, habiéndose destacado en forma notoria por sus aptitudes marineras y de contracción al trabajo.

Tanto era lo que descolló que sus superiores jerárquicos quisieron incorporarlo a la Fuerza como personal de carrera, él prefirió volver a nuestro Tandil, al término de su servicio, a desenvolverse entre los hierros y los motores del taller mecánico que lideró.

Precisamente este joven argentino diseña y arma el avión de Sebastián, junto con su hermano, con una concepción magistral, sin tener estudios de ingeniería.

Y así fue que Sebastián Peyrel voló esa aeronave, que, para la época y el lugar, con conocimientos apriorísticos devenidos en científicos por la experiencia y porque no decirlo por el error corregido, construyeron esa aeronave.

Lejos de nucleamientos urbanos importantes, sin auxilio de cuerpo alguno de ingenieros con los cuáles podrían haber cambiado conocimientos e impresiones interactuando científicamente con ingenio, imitación e inventiva, lo hicieron.

Pero no sólo a Peyrel le cupo el honor de volar un avión totalmente construido en Tandil, fue quizá, como dijéramos uno de los primeros en el llamado “interior” de la Argentina, sino que también, en estos lares fue el pionero de la publicidad aeronáutica a motor.

En uno de sus innumerables vuelos, el del 20 de diciembre, por ejemplo, orbitando sobre la ciudad del Tandil, arrojó más de diez mil volantes con la inscripción que decía:

“Nueva Era, Diario de la tarde, moderno, informativo y noticioso, con servicio telegráfico y telefónico del país y del extranjero, envía un afectuoso saludo al pueblo de Tandil, por intermedio del Aviador Sebastián Peyrel, hijo de su suelo y heraldo de la prosperidad”.

A los que unían otros que presentaban lo que se detalla a continuación:

“La Tienda La Pampa Florida envía desde los aires un cordial saludo a todos sus clientes y les comunica que acaba de recibir el surtido de primavera –verano…”

Corría el año del Señor de 1919, es el año de proezas aeronáuticas. Los esforzados precursores de nuestra aviación nacional suman nuevos laureles, al punto que ya no se piensa en imposibles. Y menos   cuando el Teniente Locatelli cumple el 29 de julio su raid de Buenos Aires a Santiago de Chile, con escala en Mendoza. El 5 de agosto, trayendo a su bordo   200 piezas de correspondencia, Locatelli une de un solo vuelo las capitales de Chile y Argentina.

El interés popular es reclamado por los preparativos de la empresa de tres Aviadores argentinos, Zanni, Parodi y Matienzo, que con frágiles máquinas se aprestaron al cruce de los Andes. Hallando condiciones climáticas adversas, los dos primeros regresaron.

Matienzo en cambio, siguió luchando con los vientos, pero imposibilitado para avanzar por la falta de combustible, aterrizó en una ladera.

Desde su lugar de aterrizaje recorrió una muy larga distancia hasta que sus fuerzas se agotaron.

Buenos Aires, que había vivido días de intenso júbilo, provocado por una información errónea anunciando que el raid se había cumplido exitosamente, pasó días de tremenda angustia y desazón.

Al fin el 14 de noviembre se tuvo la certeza del sensible, del triste y amargo epílogo por tan magnífico esfuerzo, al ser encontrado sin vida el cuerpo del valiente Aviador.

No por ello cundió el desaliento ni detuvo el esfuerzo que alentaba el espíritu juvenil, audaz y arrojado de nuestros Aviadores. Sebastián Heder Peyrel es una clara probanza de lo que afirmo, parecería ser que sirvió para reverdecer el ansia por el vuelo.

Pero veamos, para ubicarnos en el tiempo y el espacio que pasaba además en el mundo y en nuestra Argentina. El panorama era serio y preocupaba a los gobernantes.

Es así que liquidada la guerra, Europa se ocupa de resolver su geografía de acuerdo a los dictados de la paz. Los cañones están silenciosos pero la situación es difícil: cada país en particular tiene problemas de fondo y a la vez, todos los países en general, afrontan a un monstruo que se agita implacable, con sus mil cabezas: la posguerra. Fírmanse tratados de paz, el de Versalles con Alemania; el de Saint Germain, con Austria, y el Neully, con Bulgaria.

Entretanto, Finlandia se convierte en república, y Montenegro se une a Yugoeslavia, nuevo estado balcánico. Alemania va de convulsión en convulsión; fundase el partido nacional socialista, en tanto propáganse los disturbios comunistas, los que acaban en efímeras repúblicas soviéticas.

En Italia se funda el partido de los “fasci” y en Moscú la Tercera Internacional. Hay sublevaciones en Irlanda y Turquía, Gandhi inicia su movimiento emancipador en la India, mientras Bela Kun fracasa al intentar fundar en Hungría una república soviética.

La iniciación del año 1919 no puede ser más catastrófica para los argentinos. El malestar social adquiere formas de singular violencia en los sucesos conocidos bajo la denominación de “La Semana Trágica de Enero”.

El drama se desata a las 05:30 del amanecer del día 03, en la intersección de santo Domingo y la avenida Alcorta. Los huelguistas de los talleres metalúrgicos de Vasena interceptan una chata custodiada por agentes de la comisaría 34 y de la guardia de caballería cambiándose más de 300 disparos que dejan un saldo de varios heridos graves.

El 4, esta vez en Alcorta y Pepirí, se produce otro encuentro y un nuevo tiroteo. El día 7 se inicia en el puerto la huelga de marítimos, por lo que se dispone al acuartelamiento de tropas y la suspensión del tránsito de vehículos. La FORA decreta una huelga general y el país queda paralizado.

En horas la Ciudad se convierte en un escenario de una guerra entre obreros y tropas de línea. Los huelguistas forman grupos de choque y los soldados se atrincheran en las esquinas. Buenos Aires parece una ciudad ocupada.

En todos los barrios los transeúntes son palpados de armas; en las calles quedan centenares de vehículos abandonados; grupos de exaltados organizan ataques a barrios donde predomina la colectividad hebrea, asaltando viviendas e incendiándolas. El silbido de las balas perfora la quietud ciudadana y los muertos se amontonan.

Por fin la FORA levanta la huelga general y la calma renace. Los porteños vuelven a sus tareas y todo se normaliza con rapidez, como si la necesidad de olvidar lo ocurrido quisiera poner un tiempo de años entre los tiroteos de la víspera y la serenidad.

Estos hechos determinan conflictos políticos, siendo el más grave de ellos el que produce en Córdoba, donde la Legislatura es ocupada militarmente. A mediados de febrero arriba al país el poeta Amado Nervo, designado embajador de México ante nuestro país. Su presencia es saludada en todos los círculos, pero la alegría dura muy poco ya que el ilustre diplomático fallece semanas después, en Montevideo.

La Aviación ya no tiene imposibles y no hay mes en que los argentinos no tengan una hazaña que comentar, que ya he explicitado con anterioridad. A los estallidos de enero han seguido otros conflictos obreros menores y el presidente Irigoyen afronta durante este año 367 huelgas, de las que participan, en total, cerca de 300.000 obreros.

Se producen tres muertes “públicas”: la del escritor Martín Coronado, la del vicepresidente de la Nación, doctor Don Pelagio B. Luna y la del ex presidente de la República, doctor Victorino de la Plaza.

Nace una nueva entidad gremial, la Unión de Tranviarios, mientras se crea la Academia de Cortadores Sastres, patrocinada por el sindicato respectivo. El campeonato Sudamericano de Fútbol se juega esta vez en Río de Janeiro, donde la Argentina obtiene el tercer puesto: sólo vence a los chilenos.

Uruguay, con tres victorias netas, vuelve a llevarse el trofeo. Las peñas literarias están de moda y la Avenida de Mayo, sigue siendo la usina de las principales anécdotas y novedades que registra la Ciudad. Desde torneos de ajedrez hasta la presentación del más hábil prestidigitador, la moderna avenida es el principal escenario de la sorpresa porteña.

Por eso, desde la mañana hasta la noche, sus esquinas no aquietan su tono bullanguero. Pasearla es “un vicio”, como dice un cronista de 1919.

Dentro de este contexto descripto, para ubicarse con exactitud el tiempo que se vivía y las implicancias que tenía todo lo expuesto en el mundo de entonces

No obstante, nuestro personaje, estaba orlado de conductas que parecerían un tanto extravagantes o de procederes extraños, que no dejaban de asombrar a los ingenuos y tranquilos tandilenses de por aquél entonces.

Para el vulgo sintetizaban sus formas de ser como…” un loco lindo”, pero en realidad era producto de ser un individuo ingenioso, buscador de cosas nuevas y no fácilmente domeñable y satisfacible con una vida chata, pachorrienta y carente de emociones, trasuntada en rutinaria y hasta tediosa de tranquila.

Tenía la impronta de la chispa destellante de los que trascienden los tiempos con fulgor propio y que generalmente no encajan dentro de la visión conservadora de ciertas sociedades cerradas a lo nuevo, circunstancia ésta, que todavía se advierte en distintos lugares de la Argentina.

Sus hijos, no estaban exentos de ese “toque” de ser los “Hijos de…”, eran sumamente populares en la escuela, uniendo a esa popularidad la jactancia de aseverar que volaban con su Papá.

Nunca más lejos de la realidad, jamás volaron con su Papá, pues nunca los llevó consigo, era consciente del peligro de la “volación” por aquellos años. Relataban los memoriosos que una ocasión en oportunidad de precipitarse su avión en picada y no poder recobrarlo, sin maniobra o equipo que amortiguara su colisión con el suelo, cercano al mismo saltó del avión, sólo sufrió algunas quebraduras, magullones y desgarros. 

Unió así la audacia con el arrojo, incrementando el mito de su accionar aeronáutico que ya trascendía lo cotidiano, para materializarse en una leyenda, transmitida de boca en boca.

Peyrel matizaba sus vuelos con paseos en una poderosa, para la época, motocicleta Harley Davison con sidecar, una verdera revolución social para la época y en pueblo de provincia.

 Al circular por el centro de la ciudad, más precisamente por la Plaza Independencia subía con una rueda al cordón de la vereda y circulaba a lo máximo que daba la motocicleta por el solo placer de hacerlo.

Sus ocasionales tripulantes eran Carlos Heder, su hijo, que por ser el mayor era más corpulento, le servía así de contrapeso en su monstruoso aparato, aunque a veces también lo acompañaban Elena Isabel y Eduardo Sadi, sus pequeños hijos menores.

Un hecho de significación marcó una desavenencia, que, debido al corto tiempo transcurrido hasta su muerte, sólo adquiere el valor de tan solo una anécdota.

En 1919, retorna Eduardo Alfredo Olivero de la I Guerra Mundial, junto con él un bagaje   de conocimientos y experiencia, fruto no sólo de la actuación en el conflicto sino de largas horas de estudio e instrucción y experiencia neta de Combate en el frente.

Así las cosas, Peyrel le pide a Olivero que vuele su aparato, producto de lo que podríamos decir de la industria aeronáutica argentina y más precisamente local, tandilense.

Olivero se niega en forma rotunda, manifestando “que era una locura volar en eso…”.

Sebastián se ofende profundamente, cruzaron unas fuertes palabras y… jamás habrían de confraternizar ni tratarse, hasta el día de la su muerte que Olivero ocurre con su presencia al lugar del accidente.

He aquí una semblanza de este tandilense, que el vulgo dio en tipificar como “un loco lindo”.

Pero esta descalificación sociológica, a la luz de los tiempos transcurridos muestra lo falaz y equívoca que fue, hasta de puede afirmar que claramente injusta. Casi es una generalidad para los hombres y mujeres que abrazaron la Aviación, con amor y gran pasión, ser considerados por sus pares como rara avis.

Hoy nuestro Instituto lo reivindica, haciendo justicia, quizá un tanto tarde, a un siglo de su muerte. Este trabajo de investigación Histórico Aeronáutico, fue expuesto en el X Congreso de Historia Aeronáutica y Espacial, llevado a cabo en el año del 2006, en Río de Janeiro, Organizado por el Instituto Da Cultura aeronáutica de la Fuerza Aérea Brasileña, dentro del marco de la Federación Internacional de Entidades de Estudios Históricos Aeronáuticos y Espaciales.

La presencia de NUEVA ERA

“Nueva Era” estuvo presente allí, entregando un cuadro donde estaba el diario-copia- del día del deceso del insigne Aviador Tandilense. Claro está que merced a él y su hermano, el país ingresó a la industria de la aviación, con medios precarios (¿quién no lo hizo así?), sin fondos financieros, aún en contra de una clara corriente de escepticismo y mediocridad de los que no creían en ellos. Es como si la Historia se volviera a repetir ad infinitum, cruda y realmente en nuestros días, cuando no se cuentan con las ayudas económicas ó solo de comprensión intelectual para la realización de la investigación, de la concreción de proyectos.

El 26 de diciembre de 1919, este criollo, que no montaba su flete, sino su propio avión, en una tarde de sol, partió hacia los espacios celestes, enlutando por vez primera los anales de nuestra incipiente aviación tandilense. Delante del molino Laporte se extendía un hermoso campo que lo vio llegar con disposición de efectuar el sobrevuelo de las Ferias Francas, como una de las atracciones a disfrutar. Peyrel tenía toda la intención, en el momento en que las Ferias estaban en su máximo apogeo, lanzar sobre las mismas flores con pequeños paracaídas con el color de la enseña de la España inmortal, de nuestra Patria Madre, porque las Ferias eran las españolas.

Juan Greco era su mecánico, para la época hizo nuestra “Inspección Prevuelo”, planos, ruedas, timón, empenaje, tensores, hélice, planta de poder y otros. 

Todo estaba asegurado, “sin novedad”. La aeronave estaba habilitada para su desplazamiento y posterior vuelo.

El piloto hizo lo propio con la meticulosidad de los que saben y nada dejan al azar.  

Montó entonces su aeronave, dio motor y el despegue fue límpido, con elegancia y disciplina de vuelo. Impecable diríamos hoy.

 La planta de poder respondía bien y el avión comenzó a trepar francamente, en su recorrido de 250 metros, alcanzó la altura aproximada de 200 metros.

Cuando se disponía, siempre sustentado lo que aseveramos por los dichos de los ocasionales observadores aéreos, que obviamente eran legos en la materia, se disponía al recto y nivelado para orientar la proa hacia la ciudad, se inicia una pronunciada pérdida vertical al piso, no pudiendo efectuar la recobrada del avión.   

En principio el público creyó que era una de las tantas acrobacias que efectuaba para cautivar y así incentivar su interés por la actividad aérea.

Pero no fue así, el avión se precipitó de proa, en forma vertical, destrozándose, motivando así que gran parte de los espectadores corrieren a ver que sucedió y si de algún modo podían socorrer al bravo Piloto.             

Pero no, el avión estaba despedazado, los tanques de combustible habían explotado sin incendiarse y los planos estaban plegados sobre la planta de poder.

El aviador se encontraba entre sus restos, aún con vida, la misma se escapaba rápidamente. Una profunda herida en el pómulo izquierdo que se extendía a la barbilla y el cuello. El globo ocular estaba fuera de su órbita. 

Se completaba el cuadro desgraciado con un profundo corte en el pecho finalizando con su mano derecha también herida.

Veinte minutos después de tocar tierra, Sebastián Heder Peyrel moría.

Moría, sí, pero haciendo lo que tanto amaba, moría tripulando lo que él y su hermano, producto de su ingenio e intrepidez habían construido, uno de los primeros aviones “Hecho en Argentina”.

De esta forma caía para siempre este gaucho serrano volador. Empuñando el comando de su       “Mosquita”, de esa mosquita hecha con paciencia, con trabajo, equivocándose, con entusiasmo, superando  todas  las dificultades.

Esa aeronave, construida casi con “materiales de circunstancia”, con el que muchos, no sólo Olivero, decían que era imposible volar. Surcaba así los tandileños cielos al impulso de su criollo argentino corazón.

Peyrel es trasladado a la Ciudad que lo vio nacer, lo cubre una mortaja blanca como las nubes que el horadaba con su “Mosquita”.

El Intendente Municipal de la época dispone que la Capilla Ardiente sea erigida en la Sala del Honorable Concejo Deliberante, donde toda la noche Agentes de Policía, con armas al hombro hicieron Guardia de Honor. No había Unidad Militar alguna afianzada en la ciudad.

Se multiplican las expresiones de dolor haciéndose presente el pueblo entero del Tandil de entonces, en una manifestación de duelo inusitado pero justificado dada la inmensa popularidad que gozaba el Aviador.

En el día siguiente, el féretro que se encontraba cubierto, en señal inequívoca de blasón honorífico, con la Bandera de la Patria, emprende el camino hacia el descanso eterno.

La Banda del Maestro Durazzo ejecutaba, durante el trayecto la Marcha Fúnebre, expresando el sentimiento de dolor de todos los tandileños que querían y admiraban, aún bajo la insidia de la envidia, a “su aviador”, a ese muchacho que encarnaba el espíritu indómito de la raza, heredado de las glorias mismas del Mío Cid. Nunca mejor el adiós que le diera el escritor, de por aquél entonces, con verdadero cariño afectuoso Don Santiago Gómez Tato:


“Fue un genio y nunca el genio
¡Sobrevivió su obra!
Igual que innumerables colegas,
Sebastián Peyrel se ha muerto
Lleno de luz de Gloria”

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