La, entre otras cosas, preceptora da cuenta de su profesión, con una pasión digna de ser conocida. Con muchos años de docencia y de acompañamiento a alumnos, es uno de los ejemplos que reafirma, a diario, la confianza que la sociedad deposita, tanto en los educadores, como en la escuela como institución formadora.  

Por la mañana, la escuela Normal Mixta General José de San Martín está tranquila. A pesar del bullicio que hacen los alumnos, tanto los que están en el patio haciendo actividad física, como los que están dentro de las aulas, el clima es agradable. Luego de subir por la escalera principal y tras recorrer un largo pasillo, al preguntar por Sandra Gago, todas las indicaciones llevan al final del mismo, donde en una de las salas de preceptores, entre papeles, está ella organizando la jornada. 

Sandra es preceptora en dicho establecimiento desde hace 10 años. Comenzó en el turno tarde y luego pasó su cargo a la mañana. Actualmente tiene las horas titularizadas, lo que implica que son de ella hasta que se jubile; este ciclo lectivo tiene a cargo un 3° año de 40 alumnos y un 6°, de la modalidad de Ciencias Sociales, de 20 estudiantes. “Yo siento que soy una privilegiada por poder trabajar de lo que me gusta. Si fuera por lo económico, me tendría que haber ido hace un montón porque está muy mal pago. Es el cargo menos remunerado. Pero la verdad es que me encanta porque desde este rol, puedo generar un montón de cosas, muchos espacios creativos”.  

Si bien cada año los cursos son distintos, recuerda a todos con mucho cariño. Y a pesar de que tienen muy buena relación, los chicos saben que no son amigos, pero que pueden contar con ella ante alguna dificultad. Sandra es la primera instancia de la que disponen para expresar lo que les pasa y, juntos, llegar a una solución. “El preceptor maneja las individualidades, porque sabe cosas de la familia y del alumno, manejás mucha información y, en ese uso, una tiene que ser muy coherente y cuidadosa, porque a veces hay cosas que son muy íntimas. Tengo que elegir el momento adecuado para usar, para bien, lo que sé y así poder actuar en función de lo que me digan”. 

Socialmente hay muchos prejuicios alrededor de los preceptores: que no son docentes, que para ejercer sus funciones no estudian, que están todo el día tomando mate y comiendo bizcochitos y que no hacen nada, entre otras cuestiones. Hace unos años, con solo tener el secundario completo, cualquiera podía acceder a dicho cargo; pero ahora, es necesario tener un título docente de base. Sí, los preceptores son docentes.  “Para conseguir un cargo que te dure bastante, en una escuela, tenés que tener mucho puntaje. Y a éste lo generás con la antigüedad y con la cantidad de cursos y títulos que tengas. Y después, se toman las horas como hace cualquier docente: vas a la asamblea y todo depende del puntaje que, además, es el que te ayuda a obtener la titularidad”. 

La preceptora, además, es la que recibe a los padres que se acercan para conversar sobre lo que le pueda estar pasando al hijo, respecto de cómo le va en la escuela y para conocer sus notas. “Y cuando falta un profesor, nosotros cuidamos a los chicos, nos quedamos con ellos. Y, particularmente, los ayudo con alguna tarea. Uno los va guiando y, en la medida que observa sus potencialidades, los puede ir orientando para su crecimiento personal”. 

Otra de sus funciones es la de mediadora, pues cuando un caso es muy serio, es ella la que se lo plantea a los directivos. “Nosotros acá tenemos mucho acompañamiento. Hay un jefe de preceptores que hace turno mañana y tarde, y después se trabaja con el acompañamiento de los directivos. Tenemos los mismos códigos y nos ponemos de acuerdo. Y de la misma manera que los chicos tienen los espacios para hablar con nosotros, nosotros tenemos, dentro de la escuela, la misma posibilidad de diálogo”. 

Durante la mañana, es posible observar en cada situación el respeto mutuo que, ella y los chicos se tienen. Por ejemplo, cuando un grupo de 6°, le pregunta por la fecha de la salida en kayak, que organiza junto a los profesores de educación física, y que los alumnos, esperan con visible ansiedad. “A veces, se da que muy pocos van de viaje de egresados por una cuestión económica. Entonces, desde hace un tiempo hacemos salidas de canotaje, como una jornada de convivencia. Capaz te sale 100 pesos, estamos todo el día, desde temprano, y comemos unas hamburguesas”. Y sobre todo, se comparten unas horas en las que tanto los adultos como los jóvenes se vuelven enriquecidos a sus tareas cotidianas.

Todas sus funciones le han devuelto momentos gratos. Por ello, cuando se le pregunta por alguna anécdota no puede quedarse con una. “Los cursos, los primeros días. Como cosas que te quedan grabadas, cuando vos empezás a conocer a los alumnos. Los chiquitos de primero que vienen con un miedo terrible, el egreso de los del último año, los actos de fin de curso y la despedida de los chicos de 6°, que organizamos con los preceptores. A veces nos eligen para ponerles las medallas. Creo que me quedo con todas  esas cosas que compartís, que construyen el vínculo más allá de lo institucional”.

Los comienzos en su cargo, tuvieron que ver con la carga que sus múltiples ocupaciones le significaban: trabajaba en su instituto de apoyo escolar, como profesora de matemática en un colegio privado y era maestra de campo. “Entonces tomé un cargo de preceptora: mi horario es de 7:30 a 12, no me llevo trabajo a casa y me puedo dedicar tranquila a El Tintero y a estudiar. Siempre estoy estudiando”.

Su historia 
Sandra Gago tiene 43 años y una hija que se llama Lucía. Realizó la primaria en la Escuela EGB N°1, “Manuel Belgrano”, y la secundaria en la Escuela de Comercio. Desde los 11, estudió durante 9 años el profesorado de música en el Conservatorio de Música. “Tocaba la guitarra y después empecé a trabajar como profesora. Mi primer trabajo fue en el ´93, en la Escuela de Música Popular. Siempre en la docencia”. 

Hacia el año 2000, cuando también se convirtió en madre, comenzó a armar El tintero, su instituto de apoyo escolar, al principio sólo por una cuestión de necesidad económica. Y mientras tanto, estudiaba Magisterio. “Empecé a dar clases de varias materias, me gustaba mucho matemática, y me di cuenta que en lo que era resolución de problemas, era buena”. Además era la materia más demandada. Sin embargo, se dio cuenta de que con la carrera que estaba estudiando no le alcanzaba para poder enseñar, necesitaba la especialidad, por lo que comenzó el Profesorado de Matemática. 

“El tintero se fue creando a lo largo de los tres primeros años”. Cuando empezó a dar clases particulares, tenía tantos alumnos que debió pedirle a una amiga, con la que estudiaba, que la ayudase. “Me acuerdo que trabajaba los sábados y los domingos. Luci era chiquitita, era bebé. Entonces incorporé a otra amiga más para que me ayudara porque no daba abasto”. Aparte el lugar era una casa de familia, chica, en la que los alumnos eran repartidos entre el patio, la cocina y el living. 

Un día, se sentó junto a sus amigas y les dijo que debían decidir lo que harían: o contrataban más gente para trabajar o dejaban de tomar alumnos. “Con el riesgo de que si tomaba más gente tenía que repartir mis alumnos y no sabía si iba a tener más o no. Y además tenía que pensar en otro lugar, en otras inversiones”. Así que se animaron y de esa manera nació El tintero, que hoy cuenta con 17 profesores y “un montón de chicos”. 

Lo que antes empezó en su casa, en el living, la cocina y el patio, ahora tiene un espacio más amplio con tres aulas, pizarrones y bibliotecas. Y con el tiempo, Sandra, logró organizarlo de manera que no tuvo que dar más clase y pudo dedicarse sólo a la coordinación de las actividades del instituto. “Vamos tomando gente y se trabaja mucho con los padres y con una psicopedagoga, si es necesario. De esta manera, el chico que se lleva tres materias, no tiene que ir a tres lugares diferentes. Tratamos de armarle un espacio para que esté con un profesor de matemática, uno de lengua y otro de historia, y no tenga que recorrer varios lugares”. 

Para cuando empezó con El tintero ya era profesora de música, estudiaba Magisterio y matemática. De la primera carrera se recibió, pero de la segunda, no.  “La de matemática, no la terminé porque en realidad llegó un momento en el que me di cuenta que la estaba estudiando sólo para el Instituto, para poder dar clases, y trabajaba mucho. Siempre trabajé y estudié, desde chica”. Una vez armado su instituto, se alejó de la docencia por 7 años.

Una educadora completa
En la actualidad, con los cambios sociales que se van produciendo ante el avance de las tecnologías, por poner un ejemplo, es necesario que los docentes se adapten y formen permanentemente para poder acercarse a los chicos, entenderlos y educarlos. “Siempre le digo a los alumnos que la inteligencia, hoy en día, no es el coeficiente intelectual que se tenga, sino la capacidad de adaptación, que va de la mano con la formación”.

Por eso, ella siempre está buscando nuevos saberes y, junto con la carrera de Lengua y Literatura, que cursa en el profesorado del Colegio San José, realiza capacitaciones que le faciliten dicha adaptación. Hace poco, por ejemplo, realizó un curso de programación, en la Facultad de Exactas, para ponerse a tono con todo lo relacionado a la computación.  “Creo que eso está en la formación del docente. Tenemos que apuntar mucho ahí, a esto de seguir capacitándonos, a esto de seguir repensando la educación y repensando el alumno que queremos formar”.

Para Sandra, la formación y la coherencia son las que permiten crear hábitos en los chicos como el esfuerzo, la cultura del trabajo, la responsabilidad. Pero además son las que posibilitan reflexionar sobre algunas cuestiones, para poder plantearlas pero con un fundamento. “La escuela es tan criticada porque es el pilar que nos queda, la que sigue generando la esperanza del cambio. Y creo que ése es el motor. Y está bien que sea así, para que podamos ir encontrándonos e ir descubriendo el camino. Uno tiene fe en los chicos y hace el mejor esfuerzo posible y, a veces, estás de acuerdo con ciertas cosas y a veces no. Pero mientras lo podamos plantear es válido”. 

Su experiencia y vocación se fue forjando tras su paso por todos los niveles de educación,  ya que es profesora de música, maestra y preceptora, trabajó como profesora de matemática, como bibliotecaria (cursó la carrera de bibliotecología en La Plata) y es directora de El tintero. Además fue maestra de campo en Azucena, en la escuela Granja, estuvo un año en De la Canal y otro en la Base Aérea, y fue bibliotecaria en Gardey y trabajó también en la Biblioteca Rivadavia. En síntesis, una vida inquieta que le dio y le sigue dando una mirada muy particular de la vida, puesta al servicio de sus alumnos.

Sueños de niña y otras actividades
Aunque de chica quería ser bailarina de ballet, buzo, montañista, profesora de educación física, guardavidas y le hubiese gustado estudiar psicología, todo lo que fue haciendo, estuvo íntimamente relacionado con lo que soñó para su vida. “A los 7 años, me gustaba mucho leer y tenía varios libros que guardaba en un placard. Entonces cuando venía alguna amiga o  las chicas del barrio, les prestaba los libros que tenía numerados, y los anotaba en un cuaderno. Lo de bibliotecaria, seguro viene de ahí”, recuerda entre risas. 

Sandra además realiza actividades que le permitan mantener la cabeza sana. Por eso le gusta mucho correr, andar en kayak, hacer rapel, nadar, andar en bici y, disfruta de la música. Tocó los tambores en Parche y Solución, un grupo local de percusión brasilera, con el que han ido a tocar a La Plata. También le gusta mucho cantar y tocó en La Tandilera, que es una murga uruguaya.

Si bien hoy, con la cursada de la carrera de Letras, no cuenta con mucho tiempo para realizar dichas actividades, le dedica una hora al entrenamiento físico y se hace el tiempo para poder realizar lo que le gusta. “Si vos estás todo el día en la escuela, o en el trabajo, no es bueno; a mí me parece que uno tiene que equilibrar, lo intelectual con lo físico, lo que te da el aire libre, que es el despejarte. Además los chicos se dan cuenta cuando una viene con buena onda, con energía”. 

Desde el año pasado, además, cubre una suplencia en el terciario de la carrera de Bibliotecología, que se cursa en el instituto N°166, y que funciona en la misma Escuela Normal pero, de noche. Las dos materias que dicta son: una de primer año, Introducción a la bibliotecología, y otra de tercero, Formación de usuarios. “Esta última me gusta mucho porque tiene que ver con formación de lectores, que va de la mano con la carrera de Literatura, que estoy haciendo”. 

La mejor de sus funciones
Con el correr de los días, ella se volvió a contactar con este medio para contar una anécdota que la marcó para siempre y le demostró que iba por buen camino. “Una vez me llama una mamá, para decirme que me iba a mandar al nene que se llevaba todas las materias, luego de haber repetido. En esa época se trabajaba un montón y el único horario disponible era a las 8 de la mañana, un sábado. Así comenzamos a trabajar unas 2 o 3 horas por día, no todos los días, pero era bastante intenso, porque se llevaba todo y tenía que levantar el segundo trimestre. Con el tiempo noté que lo que le faltaba era un poco de técnicas de estudio, ordenarse y completar la carpeta. En matemática era muy bueno, razonaba muy bien y ya llegando al segundo trimestre,  había levantado unas cuantas materias, entonces le digo a la madre es muy inteligente. Es un chico muy capaz. Este año va a aprobar todas las materias. A la semana siguiente, viene el chico y me dice ¿cómo le dijiste eso a mamá? Siempre me llevo todas las materias, soy un desastre. Y le respondo vas a ver que sí, que vamos a poder porque no tenés problemas de aprendizaje. Vas a andar bien. Luego de mucho esfuerzo, lo logró. Y me acuerdo que me dijo La verdad, lo logré porque confiaste en mí. Porque fuiste la única persona que me dijo que yo podía, que iba a salir adelante. Yo creo que esta profesión se trata de eso, de ver las potencialidades de los chicos, de ver cuáles son las competencias que tienen más desarrolladas y perfeccionarlos en eso”.

Con la certeza de que en estos años de vocación pudo ayudar, guiar y acompañar, es que vive con la satisfacción de elegir su profesión todos los días. “La escuela es la institución que se sostiene en pie porque hay mucha vocación, porque si pensamos en lo económico, ninguno hubiera seguido la carrera docente. Uno la vuelve a elegir por estas cosas, porque de tu grupo de 40 o 50 chicos, pudiste ayudar al menos a uno a encontrar su camino, su lugar en el mundo, o a elegir su profesión”.

Sandra Gago, actualmente, es una de las 20 preceptoras que componen el equipo de preceptores de la Escuela Normal. También es la mamá de Lucía, una de las profesoras de la tecnicatura en Bibliotecología, es alumna de la carrera de Letras y la directora del instituto El tintero. Y de cada uno de sus roles  habla con una pasión y un brillo en los ojos que invita e incentiva, al igual que ella, a querer lo que uno hace. 

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