En su terreno ubicado en Villa Cordobita construyó, ayudada por otras personas y basándose en los principios de diseño y planeamiento que ofrece la permacultura, su casa con elementos de la naturaleza. Con la idea de utilizar la menor cantidad de recursos y lograr ser lo más autosustentable posible, comparte su experiencia y los aprendizajes que este estilo de vida le brinda a diario. 

Desde el 8 de noviembre de 1949, y gracias a la iniciativa del Ingeniero argentino Carlos María Della Paollera y a pedido del Instituto Superior de Urbanismo de la Ciudad de Buenos Aires, se celebra en esa fecha, el Día Mundial del Urbanismo. Con el propósito de fortalecer la conciencia acerca de la importancia de vivir en ambientes sanos y agradables, donde abunden los espacios verdes, dicha celebración intenta motivar las acciones necesarias para mejorar las urbanizaciones. 

En el caso particular de nuestra ciudad, que está en constante crecimiento edilicio, hay un grupo de personas que, interesados en aquellas cuestiones, busca promover las técnicas y prácticas en las que se basa la permacultura, para que la armonía entre el hombre y su hábitat pueda ser un hecho. Y Verónica Cáceres es una de ellas.  

Al subir por la calle O'Higgins, al fondo o mejor dicho, en lo más alto de la loma, la casa de Verónica es una de las tres que está construida con elementos naturales y en las que sus habitantes tienen como filosofía, vivir de una manera sustentable, sin generar ningún tipo de desecho. 

"No me estoy capacitando constantemente porque en realidad esto es simplemente un cambio de conciencia, un clic que se produce en un momento de tu vida. Es detenerse a pensar en las consecuencias que traen mis acciones para el que está al lado, como así también para el lugar en el que vivo, e intentar producir algo nuevo, en este caso que cause el menor impacto posible en el espacio", explica Verónica, que vive allí desde hace casi 6 años. 

Tandilense por adopción, pues nació en Salta, a los 12 años se fue con su familia a Estados Unidos y, tras culminar la secundaria, volvió a Buenos Aires; decidió venirse ante la necesidad de tener un cambio de vida "porque estaba pasando por un momento en el que trabajaba mucho y estudiaba; eso me produjo estrés y necesitaba tener otro estilo de vida para sanar". Y, aunque recorrió otras ciudades, cuando conoció las sierras supo que este sería su nuevo lugar en el mundo. "Estoy hace 14 años así que siempre digo que soy de acá". 

Mamá de Felipe, de 7 meses, expresa convencida que le gustaría que su hijo continuara con este estilo de vida. "Lo va a mamar como algo natural pero sí, si lo puede incorporar y hacerlo a nivel consciente también, estaría buenísimo", cuenta. Y agrega que le gustaría que la permacultura pudiera ser una alternativa más en la educación de los niños, "para que sepan que la computadora, el departamento o la plaza, no son las únicas opciones". 

¿Qué es la permacultura?

"La permacultura se pude decir que es un estilo de vida, sí. Tiene que ver con la idea de tratar de dejar la menor huella posible en el planeta, que los seres humanos contribuyamos a bajar los niveles de polución y también, nos propongamos mantener lo más intacto posible el eco sistema del lugar en el que estamos", explica Verónica. 

La propuesta integral en la que se basa esta alternativa de supervivencia incluye la construcción natural del siglo XXI, es decir, con ladrillos de adobe, con materiales reciclados (como vidrios, maderas, cerámicos, etc.) como elementos para la construcción y para la decoración, y con la incorporación de techos vivos, baño seco y calefacción a leña. Además, se integran otras prácticas eco-sustentables, como la separación y el reciclado de residuos, el tratamiento de aguas grises, el cuidado del consumo energético, el respeto por las especies autóctonas y el cultivo en huertas orgánicas. 

A pesar de que Verónica intenta acercarse a dichas propuestas lo más posible, ponerlas en práctica al 100% es casi imposible. Por eso "uno tiende a poder usar materiales ecológicos que ayuden a dejar la menor huella posible en el espacio, pero también somos parte de un sistema. A mí el agua potable y la electricidad me llegan, entonces, por ejemplo, pongo focos del tipo led que son menos dañinos e intento maximizar mis recursos. Otra cosa que tuve en cuenta, fue el dejar el techo verde, para devolverle al terreno, el espacio y el aspecto que le quité construyendo".  

En Tandil, es posible encontrar este tipo de construcciones tanto en Villa Cordobita como en Villa Italia, Villa Aguirre y La Elena, entre otros. "No es algo que esté concentrado acá. Nosotros somos amigos y como nos conocemos, elegimos venir a esta zona, pero hay mucha gente que es parte de esta movida". Cuenta que para la construcción de los lugares, se arman lo que se llaman mingas, palabra proveniente del quechua que significa "reunión de personas para ayudar a otras". 

Su experiencia 

Verónica Cáceres, no encuentra un motivo o una fecha exacta en la que le sea posible decir que comenzó a practicar la permacultura. Lo que sí recuerda es que cuando se enteró que vendría a la ciudad un hombre, al que llaman "El Capi", a brindar talleres sobre el tema, no dudó en asistir. 

Como el diseño y planeamiento de dicho estilo de vida se aprende con la práctica, aprovecharon que ella y sus vecinos ya contaban con sus terrenos, y dieron los talleres en dichos espacios. "Y creo que duró un año más o menos porque venía una vez al mes y un fin de semana entero nos quedábamos todos generando diferentes cosas en cada lugar: en uno se hizo una huerta, acá se puso parte del techo y en otro, una pared. Como él venía un fin de semana por mes y daba una tecnología aplicada a cada una de las fases de la permacultura, aprovechábamos para aplicar lo aprendido. Personalmente fue una gran experiencia", narra.

Al momento de comenzar con la construcción, Verónica hizo un plano del espacio, en el que tuvo en cuenta cuestiones como la posición de las ventanas, para maximizar la entrada de la luz solar y, junto con eso, la temperatura. Además  proyectó una huerta que, por regla general, debe estar cerca de la casa para no tener que recorrer grandes distancias.  "Y la idea en cuanto a la construcción colectiva, es tratar de aprender. Que las personas nos podamos ir interiorizando en las diferentes profesiones y técnicas, para ayudarnos unos a otros".

Hoy, la casa de Verónica tiene una cocina comedor, una habitación, un baño seco y un lavadero que, más adelante, será la habitación de Felipe. Al observar este último espacio, llama la atención la caída del techo y la altura baja en que se encuentra. "Como a mí todo el viento y el frío me vienen de la zona sur, el techo está en rampa, para que el viento no pegue directamente. Esa es una de las cosas que la permacultura tiene en cuenta", dice.

Entre los materiales que usó para construirla están: el barro, para las paredes; la madera, para la estructura de la casa y el techo; botellas y piedras "que acá es lo que más abunda y se usa para los cimientos". En su caso, también ha utilizado cemento pues considera que es un material de fácil utilización. 

Respecto del terreno, hace poco comenzó a plantar árboles frutales, porque no había, "por el tema de la comida y algunos eucaliptus para usar la madera". De esa forma y comprendiendo que todo proceso lleva su tiempo, se va volviendo autosustentable, de modo que puede usar lo que tiene cerca, en vez de ir a buscarlo a otro lado. "Lo mismo con la utilización de la tierra. Cuando llegamos, se plantó, como se dice: "suelo". Porque acá, no había tanta tierra, era pura piedra. Y, de esta manera, uno maximiza lo más que puede su lugar", cuenta Verónica. 

En la ciudad, la gente que practica este estilo de vida, es bastante. Si bien cada uno lo hace a su tiempo y a su manera se podría decir que son un grupo grande. "Algunos no se llaman a sí mismos permacultores. En realidad, si uno se va a las bases de la permacultura hay muchas cosas que tenés que tener en cuenta que muchos de nosotros no podemos seguir". Sin embargo, ella sí se siente permacultora ya que sabe que, a diario, hace todo lo posible por dejar huellas imperceptibles en el lugar que habita. 

Sin prejuicios

Para recorrer la distancia que separa la Avenida Rivadavia de la casa de Verónica, esta cronista decidió tomarse un remis. En el camino, quien la llevaba, conocía el lugar y se refería al mismo como "la casa hippie". "A mí los prejuicios de los que juzgan cómo vivo, no me afectan para nada. A mucha gente le decís: Vivo en una casa de barro y lo primero que piensan: Es un rancho", explica con una sonrisa. Y eso no es así. 

A pesar de que al principio el tema de la distancia le costaba, con el tiempo se acostumbró. "Los seres humanos somos bichos de costumbre. Además esto tampoco es tan raro, o será que ya lo vivo como algo normal", dice entre risas. Vero sabe que todos tenemos prejuicios, pero ella intenta eludir comentarios y encontrarle lo bueno a cada situación que le ha tocado atravesar. 

La permacultura tiene que ver con la utilización de los recursos que los seres humanos tenemos a mano, para auto-sustentarnos y poder generar la menor cantidad de  desechos posibles. Y con todo esto, se pretende no modificar el medio ambiente para dejarlo lo más intacto que se pueda. 

Verónica Cáceres eligió este estilo de vida como otra alternativa posible a la realidad que la atraviesa. Consciente de que uno es parte de un sistema y de que la permacultura no es una idea única, se permitió compartir su experiencia de la que no sólo aprendió mucho, sino que además, disfruta a diario. Y a esta cronista la ayudó a comprender que la manera en que una casa esté construida, no le quita sus funciones porque sigue siendo el lugar donde se albergan personas y proyectos, aunque en este caso, los sueños se amasen con tierra.

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