Es tejedora de telar mapuche, profesión a la que nunca imaginó que se dedicaría. Con varios premios y reconocimientos en su haber, cuenta su experiencia e invita a conocer el mundo de la artesanía tradicional, una parte importante de nuestra cultura, que da identidad y sentido de pertenencia.

Sobre una mesa, ubicada frente a una gran puerta ventana por la que ingresa la luz del sol, es posible encontrar pedazos de hilo, una tijera, una aguja y, debajo de una pila de libros, una faja en la que una mujer trabaja con una concentración que intriga y hace que sea imposible dejar de observarla. Lo mismo ocurre con los telares de distintos tamaños que reposan sobre las paredes. Esta cronista cree haber contado cuatro pero podrían haber sido muchos más; sucede que todo parece mágico en ese taller.

Andrea Arcas es artesana, más precisamente tejedora en telar vertical mapuche. Además hila la lana y hace tintes naturales, es decir que logra los colores con las plantas. "Jamás creí, ni soñé, que me iba a dedicar a esto. Como siempre fui muy aplicada en la escuela y los estudios, mi familia me decía que iba a ser ingeniera o iba a tener una profesión con la que me llenaría de plata. Yo ya me había mentalizado para eso", cuenta. 

Nacida en Adrogué, "en realidad en Lomas de Zamora estaba la clínica", vivió allí hasta los 28 años. Una vez que terminó el secundario cursó y rindió, algunas materias en la Universidad Tecnológica Nacional en Ingeniería en Sistemas pero, "después de 15 finales, me di cuenta de que eso no era lo mío". Entonces se pasó a la UBA pero "me sentía mal, me angustiaba ir a la facultad, rendir examen, no veía el futuro". Por eso, cuando su familia decidió venirse para Tandil, no lo dudó.

Hoy, esa actividad en el telar es fundamental en su vida; empezó como un hobbie pues durante su búsqueda personal nadie le había recomendado hacer artesanías porque supuestamente era una inú-til para eso, pero lo que intentó dejar en varias ocasiones y por diferentes motivos, es una de las cosas por las que siente una pasión absoluta. "A veces mi hijo me pregunta si me fuera a una isla qué me llevaría y le contestó «a vos y al telar». Yo soy esto, no me veo haciendo otra cosa. A mí el telar me ayudó a atravesar los momentos más difíciles y lo sigue haciendo", expresa.

Sus comienzos con el telar

Antes de radicarse en nuestra ciudad, Andrea había hecho un curso de telar mapuche "de a ratitos", es decir, durante el poco tiempo que le quedaba entre la facultad y el trabajo. Y recuerda que se anotó porque de chica, con su prima se iban de mochileras al sur, lugar que ama, "y cada vez que veía los tejidos mapuches, observaba la tejeduría de esa comunidad y me fascinaba, me encantaba, era un imán. Me acercaba, tocaba, miraba, me preguntaba cómo se hacía". En el taller de aprendizaje estuvo alrededor de tres meses y tuvo que dejar por la vorágine diaria que se estaba volviendo insostenible. 

Al llegar a Tandil, con más tiempo libre, se acercó a la Universidad y se anotó en un taller de hilado de lana, donde aprendió la técnica y el uso de la rueca. "Haciendo este taller, vi que había otro de guardas aborígenes y en ése estuve más de dos años", recuerda Andrea.  Luego, y ya con su hijo Pedro nacido, se compró un manual de telar mapuche con el que pudo sacar diseños y aprender más técnicas. 

En el 2013, Andrea aplicó para una beca para capacitación y perfeccionamiento del Fondo Nacional de las Artes y se la otorgaron. "Yo sabía tejer pero me faltaban aún aprender diversas técnicas de piezas que tuvieran que ver con el recado de caballos, matras, cojinillos. Todavía no había hecho ni una faja, así que me tenía que pulir". Ella sostiene que la beca la ayudó en un montón de aspectos y, sin dudas, "me determinó a decidir rotundamente que yo quería hacer esto. Me sirvió para darme cuenta de que esto era lo mío, que yo era tejedora y que quería seguir siéndolo".

Luego del año que duró la ayuda, Andrea Arcas no paró más. Y, a medida que pasaba el tiempo, iba trabajando menos en relación de dependencia y le dedicaba más tiempo al tejido. "Para abocarse por completo a un trabajo artesanal, te tiene que gustar muchísimo. Tiene que haber amor, pasión y muchas ganas porque son muchas las horas diarias que uno le destina", cuenta.

Su actividad

Andrea considera que este año recién podría decir que se ha visibilizado y se ha hecho más conocida. Sin embargo, no cuenta con un sueldo fijo por lo que tuvo que adaptarse a vivir de esa manera. "Cuando digo que soy artesana, hay un prejuicio. La gente dice ¿y qué hacés? Porque encima no es que digo Soy artesana y hago aritos. Yo digo que soy artesana y hago fajas o matras. Entonces se sorprenden porque muchos no saben de lo que estoy hablando". 
De la misma manera en que ella está una semana haciendo una pieza en tejido, en otro lugar hay un ebanista trabajando en un mueble. "En esto que hacemos nosotros, hay creatividad. Y la artesanía es parte de la cultura", agrega. Igualmente nunca le afectaron los juicios de valor porque al haber desarrollado su actividad luego de los 30 años, el proceso por el que pasó hasta encontrar su camino, la preparó para todo.   

Como artesana tejedora, hace rescate de piezas originarias, a través de libros o fotos que encuentra en museos, y las reproduce. Y al trabajar con diseños tradicionales, su conocimiento y aprendizaje no tienen fin. "Si bien ya tengo una idea de lo que es el universo del tejido mapuche y de las piezas que voy a tejer, sé que me va a llevar varios años más desarrollarlas a todas", cuenta.  
En su caso, la materia prima es la lana o el hilo macramé o perlé que es de seda. A este último le cuesta conseguirlo porque el que hay es nacional y no es de buena calidad, por lo que debe mandarlo a pedir a España. Y el otro sí, lo compra en Tandil. "Y la lana la traigo de una cooperativa de Neuquén o de Catamarca". 

Respecto de la producción, por su forma de ser, como se aburre fácilmente, pasa de una faja a un cojinillo, termina eso y se pone a hacer una matra y "por ahí en el medio hago un cinto. Yo disfruto haciendo todo. No por la pieza en sí, sino porque necesito cambiar. Amo hacer todas y me encanta vivir el proceso de cada una", expresa. Creatividad es la mejor palabra que define este sentimiento que ella narra con sencillez.

La venta de los productos que Andrea fabrica es muy lenta y se desarrolla de una manera particular: "voy a las exposiciones a mostrar mi trabajo. Ahí la gente se interesa, me consulta y yo les paso mi contacto. Muchos me escriben pasado un largo tiempo. Los artesanos, por lo general, no vendemos nada en el momento. Así es como se trabaja", explica. Actualmente, le han quedado tres fajas "vendibles" de la última tanda de producción pero no las está mostrando porque si las vende debe hacer más en poco tiempo y cada pieza, con su técnica de tejido, su material y su dimensión, le lleva entre 20 días y un mes.

Dos grandes momentos

Un día, a través de la red social Facebook, Andrea Arcas fue contactada por un chico llamado Juan que es lutier de bombos. Ante la necesidad de él de hacerse una correa para su instrumento, ella le explicó que sus piezas eran tradicionales y tenían un determinado uso. "Entonces me dice ¿Pero vos me la harías para correa? Y yo le respondí que Sí porque al final una correa es media faja". No solo el chico quedó encantado con la pieza, sino que hoy en día cuenta con cuatro más, realizadas por ella.

A raíz de eso, otras personas relacionadas con el ambiente del folclore, se empezaron a interesar. Un día, Juan estaba en la casa de Julio Paz, integrante del Dúo Coplanacu, éste le preguntó quién le hacía las correas y Juan le contó acerca del trabajo de Andrea. Así, el chico se volvió a contactar con ella y le dijo que tenía que hacerle una correa a Paz. "Julio me mandó solicitud de amistad en Facebook y me escribió un mensaje que nunca me voy a olvidar, porque estaba en el supermercado y casi se me cae el teléfono de la emoción; decía Hola Andrea, soy un gran admirador de su trabajo. Gracias por aceptar mi solicitud. Y yo pensaba Por favor, Julio, yo soy una gran admiradora suya, de su música, es un honor para mí". Un año después de esa charla, la correa llegó a sus manos.  
Y el otro gran momento que la profesión le ha dejado, fue el que vivió durante el verano de 2016. "El año pasado, me llega la invitación para participar de la 51° Feria Nacional de Artesanías y Arte Popular Augusto Raúl Cortázar de Cosquín", donde se exponen trabajos y se concursa por premios. Con un stand en la carpa N°1, que era la de pueblos originarios y artesanos tradicionales, Andrea se presentó con fajas, una matra y unas pulseras chiquitas que realiza con el tejido de las fajas. 

Luego de 15 días y de una recorrida diaria de jueces que evaluaban las piezas de cada participante, llegó el momento de definir a los 80 primeros premiados, de un total de 250 artesanos, y de aquellos, además, se otorgarían 4 premios adquisición. "Cuando dijeron mi nombre, mi mandíbula casi se cae. Además, el premio lo recibí en el escenario mayor, la última noche de Cosquín. Fue hermoso", recuerda Andrea. Ella había ganado un premio adquisición, que le otorgó el Fondo Nacional de las Artes y su "faja roja" pasó a formar parte del patrimonio del Museo de Cosquín. 

Actualmente, Andrea dicta un taller de telar mapuche en el Instituto de Profesorado de Arte Tandil. Y, al momento de la entrevista, estaba preparando un viaje a Cusco (del 8 al 12 de noviembre) para participar de un encuentro de tejedoras de las Américas. De Tandil es la única que asistirá. Y de Argentina, algunas irán a exponer y brindar talleres y otras, como ella, a nutrirse de las charlas y experiencias de otras tejedoras.

Con más de 30 participaciones en distintos encuentros y ferias de todo el país, Andrea Arcas es un ejemplo de que no hay edad, ni un momento determinado, para descubrir lo que a uno le apasiona y poder explotarlo al máximo. Tandilense desde hace varios años, su presencia en la ciudad junto con su esfuerzo diario por recuperar diseños que tienen que ver con nuestra cultura, representan un orgullo para todos aquellos que somos conscientes de que la tradición de un país es un bien que otorga identidad y que debe ser valorado en su totalidad. Es algo que se tiene por lo tanto, no hay que traerlo de afuera.

"Cada trabajo es un pedazo de vida de uno. En lo que te estás llevando, va todo lo que me pasó en esos días. Es la vida del que teje y cuando del otro lado te devuelven un poquito de eso, ahí está la gratificación", concluye. ¿Y qué es lo que gratifica a Andrea? El gesto de asombro ante la belleza de un tejido, la mirada estupefacta por los arabescos de las guardas, la caricia sobre la textura de uno de sus productos.

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