A sala llena se vio el documental del tandilense Alberto Gauna

“Todos los filmes son históricos, todo filme tiene una sustancia histórica y esto es así porque la cámara revela el comportamiento real de la gente, la delata mucho más de lo que se había propuesto. Descubre el secreto, exhibe la otra cara de una sociedad, sus lapsus”. Esta sentencia de Marc Ferro, el hombre que más contribuyó al cine como fuente de docencia y de la ciencia histórica, refrenda de alguna manera las intenciones manifiestas del tandilense Alberto Gauna al encarar un proyecto ambicioso como la matanza de 1872 en Tandil que alcanzó formato documental bajo el nombre de Malón Blanco y que se estrenara el viernes pasado en el Espacio INCAA, en el Centro Cultural Universitario, ante una sala repleta.

Pero hay algo más y de índole personal: los 40 años de alejamiento de este terruño –Gauna está radicado en España- lejos de distanciarlo, han fortalecido un sentido de pertenencia con su ciudad, algo que difícilmente tenga que ver con la nostalgia. Más bien se diría que hay una suerte de compromiso ético y estético que ninguna cantidad de años y kilómetros ha podido esmerilar. Cuando un artista percibe que tiene un mandato que cumplir poco le importa si el resultado tendrá una clave universal para ser comprendido por el mundo o si, por el contrario, estará circunscripto a un localismo entrañable. Mucho menos invierte todo en la mesa del éxito. Hay un designio, una meta, una obsesión, un sueño. 

Por ahí deambulan desde hace mucho tiempo las musas de Alberto Gauna, un realizador que tiene como principal carta de presentación entre los tandilenses, aquella película inolvidable Cerro de Leones que vio la luz en 1975 y cuando ya se colaba la idea de ofrecer, algún día, un testimonio de ese episodio que transitó de boca en boca simplemente con la mención de Tata Dios. 

Tras varios intentos, marchas y contramarchas, este film se hizo para rescatar del olvido aquellos hechos enterrados en archivos que no son más que la memoria conservada, inmóvil, de nuestras instituciones. Pero como la memoria no es pasado sino presente y tiene una dinámica constante que elude el  mero recuerdo, Gauna decidió, precisamente, darle esa tónica a Malón Blanco, un documental sobre los asesinatos del Tandil el 1 de enero 1872, la matanza de 36 personas que le fue las endilgada a un curandero, apodado Tata Dios y llamado Gerónimo de Solané, a quien se encarceló durante algunos días y se lo ejecutó, sin que el acusado pudiera mencionar palabra.

Un momento trágico tan potente y, como dicen los entrevistados –desde catedráticos a autodidactas- no aclarado hasta el presente, podía ser abordado desde el cine como una ficción (algo que sólo hubiese podido acometer el mainstream, no el trabajo orfebre, casi heroico) o como un documental construido en base a testimonios que tiene el valor de la interpelación, más que esa rigurosidad que no permite nuevos replanteos. Este último fue el camino elegido por Gauna que intenta que la reseña de los hechos no conspire contra el lenguaje cinematográfico, de ahí que la edición sea sustancial y precisa, como esos intersticios muy bien logrados con la presencia de los payadores y los dibujos alusivos, además de una excelente banda sonora y de otras imágenes que sobrevuelan los rostros de los numerosos entrevistados sin abrumar con primeros planos. 

Hay en Malón Blanco, aunque parezca una verdad de Perogrullo, cine: la imagen, aunque sea de personalidades que no recitan sino que dejan la puerta abierta a nuevos interrogantes, logra un perfecto equilibrio con la palabra y quizá por eso no haya sentencias sino la sensación de búsquedas interminables, para –como dice el realizador- evitar el olvido pero también para delatar las deudas que asolan en nuestra vida contemporánea, algo que se encarga de decir, al ser entrevistado, el dramaturgo Raúl Echegaray, cuando habla de la impunidad. 

Precisamente Echegaray, en una coincidencia que sólo podrían explicar aquellas musas de las que hablamos al principio de esta nota, estrenaba días antes su obra teatral Tata Dios, intentando, más que la descripción de un mito, una metáfora de nuestra tiempo. 

Esta casualidad de un mismo tema abordado desde dos territorios artísticos distintos pone de manifiesto que los hombres y mujeres son agentes de la historia dispuestos a interpelar a sus congéneres y motivar una toma de conciencia, propósito que sin discreción alguna aparece en el final de Malón Blanco con la cámara enfrentando a gente que va por la calle para preguntarles por Tata Dios en el mismo lugar –frente al pórtico del ex Banco Comercial- donde ocurrió hace 145 años el primer crimen (el del italiano Santiago Imberti, un italiano que tocaba el organito) de aquella matanza.

Así, la película nos introduce a la investigación de la mano de estudiosos de Tandil, Buenos Aires e incluso de Barcelona como es el caso de la mirada de una antropóloga. Pero Gauna echa mano a todo lo que ha encontrado tras una búsqueda minuciosa como si Malón Blanco, además de un documental, formara parte de esas estrategias artísticas pensadas en función de un encuentro posible: el de la identidad.

LOS ENTREVISTADOS: 
Marcelino Irianni, Néstor Dipaola, Hugo Mengascini, Hugo Nario, Juan José Santos, Daniel Eduardo Pérez, Dolores Jiuliano, Ernesto Sanguineto, Raúl Echegaray

FICHA TÉCNICA: 
Realizador: Alberto Gauna. Productores: Alberto Gauna y Gloria Hornillo. Producción Ejecutiva: Ana Fernández Equiza. Guión: Eduado Saglul, Raúl Echegaray (Colaborador: Luis Gómez). Montaje: Kurro Silva Cuellar. Operadores de Cámara: Paco Cárdenas, Javier Iriart, Matias Lazeri y Guillermo Peralta. Música: Juan Pablo Esmok Lew y Federico D´Antellis. Dibujos: Eduardo Rodríguez del Pino. Foto Fija: Tefa Schegtel. Payadores: Miguel Torres y Pablo Fernández. Diseño Gráfico: Domingo Moreno y Manuel Diéguez.

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