A casi 20 años del hecho, no se puede decir con seguridad si el matrimonio fue víctima de un asesino profesional o si el financista mató a su mujer y luego se suicidó.

Pedro Medina se acercó a la cabaña y golpeó la puerta esperando alguna respuesta. Pero nada. Volvió a golpear y alzó su voz por si desde adentro no escuchaban. Nuevamente, el silencio. Fue a buscar al encargado del complejo, Juan Carlos Torresi, quien como tampoco tuvo suerte decidió llamar  a la Policía. Era verano, un domingo, y las empleadas del lugar necesitan ingresar para la limpieza, ya que esa cabaña esperaba por nuevos huéspedes.

Entre aires de pinos y ese sonido del mar que atrapa, Cariló, ese balneario exclusivo de Pinamar, descubrió el horror cuando Torresi, flanqueado por efectivos de la Bonaerense abrió la puerta. Isidoro Mariano Losanovscky Perel y su esposa Rosa Berta Golodnitsky estaban tendidos en la cama de la cabaña 32 con un tiro en la cabeza cada uno. Ese verano de 2001, el último de la convertibilidad de Domingo Cavallo, ya no fue lo mismo para ese lugar, que el “jet set” elegía para escapar del ruido de la ciudad.

Las hipótesis, con los cuerpos aún calientes, eran dos: por un lado, un homicidio seguido de suicidio, con Perel como autor. Por otro, un asesinato basado en los antecedentes y las relaciones del financista. Esta última es la que figura hoy, casi 20 años después en el expediente que aún sigue abierto.  

Aunque la primera hipótesis podía resultar posible, los investigadores encontraron varias puntas que los llevaron a privilegiar otro camino. El disco duro de la computadora Sony Vaio del hombre había sido borrado, la llave de la habitación estaba en la cerradura del lado exterior de la puerta y, sobre todo, el ángulo de entrada del proyectil en la nuca de él hacía que fuera casi imposible que se hubiese disparado.

Sin embargo, una hoja oficio con una inscripción impresa encontrada debajo de un plato en el lugar descolocó, en principio, a los pesquisas. “I am a gringou collaborator with Citibank. Killed for no paying ransom to Citigroup”, decía. Es decir: “Soy un gringo colaborador del Citibank. Asesinado por no pagar el rescate (coima) del Citigroup”.

En la escena no faltaba nada y los casquillos encontrados eran del mismo calibre que la pistola Walther PPK de la víctima. Eso hizo suponer a los investigadores que los Perel habían sido asesinados con esa pistola. Ahora bien, ¿un sicario confía en el arma de su víctima?

Operaciones turbias
El pasado de Perel, desconocido públicamente hasta ese trágico 4 de febrero, aportó más confusión que claridad sobre el hecho. El financista había desarrollado una conexión entre cuevas de la city y bancos de Uruguay por los cuales se remitieron decenas de millones de dólares. Horas después que aparecieron los cuerpos, debía pagar deudas pero se había gastado toda la plata. Fue al banco para que le adelantaran fondos y sólo le dieron fue 300 pesos. Además de inversiones en negro y evasión impositiva, había realizado trabajos de espionaje e inteligencia. Y un paso en falso en esto, estimaban los investigadores, se pagaba con sangre.  

Otro punto que demandó horas de análisis fueron los datos que ligaban al contador con la ex funcionaria menemista María Julia Alsogaray. La Justicia que investigaba lavado y contrabando buscaba saber cómo fue el mecanismo de pago de coimas en la privatización de Entel. En ese sentido, encararon una pesquisa sobre las relaciones de María Julia con el Banco Mercurio, encargado de hacer lo que Perel llamaba “justis”, o justificaciones de maniobras de evasión y lavado de dinero a gran escala.

“Los pagarés originales de Alcatel, Entel y María Julia Alsogaray los tengo yo en mi oficina de Nueva York”. Esa frase se la atribuyen a Perel, meses antes de su muerte. Por eso, el escenario encontrado en esa cabaña de Cariló se vinculó con los pagarés, que se convirtieron en una pista clave para pensar en un crimen mafioso. Pero era solo una pista, porque tampoco se podía descartar que se hubiera quitado la vida, luego de matar a su mujer, psicóloga, acorralado por deudas. ¿A cuánto ascendían? Las estimaciones llegaron a casi un millón de dólares.

Pese a tener un sueldo de US$ 10.000, los negocios turbios y un nivel de vida por encima de sus ingresos (se decía que llegó a gastar 40.000 pesos/dólares por mes), terminaron por minar su entorno. De hecho, pocos días atrás había estafado a un amigo que le había dado US$ 300.000 para que los colocara en el circuito financiero. Y hasta le había propuesto a su jefe en AntFactory una salida, infructuosa, de la compañía a cambio de US$ 200.000.

Sin embargo, cuando se daban pasos en la dirección del doble homicidio, había alguno en falso que hacía volver para atrás. De hecho, la nota que se encontró sobre la mesa aquel domingo en la cabaña se supo que no sólo fue redactada en la laptop de Perel, sino que se imprimió en la impresora de su oficina en Buenos Aires, horas antes del trágico fin de semana. El financista borró el archivo, pero el análisis de laboratorio de la CPU mostró que él mismo redactó e imprimió el supuesto mensaje mafioso.

Al contrario de lo que ocurre con otros casos similares, nadie reclamó por el esclarecimiento de las muertes del matrimonio. Se habló de un seguro millonario, pero todo quedó ahí. Sus hijos no se presentaron como parte querellante. Y aún hoy, no está claro qué paso entre las 22 horas del sábado y las 3 de la madrugada del domingo, lapso de tiempo en el que según los peritos se registraron las muertes. Los tiros pudieron haber venido de cualquier lado. 

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