Augusto Rossanigo expone su obra en el espacio de Diagnóstico Médico de Martino.  Y en este ámbito, donde las personas suelen esperar o se encuentran en tránsito, las obras del artista tandilense adquieren un especial sentido.  ¿Por qué?  Porque en sus cuadros, el tiempo, eso que generalmente resulta inenarrable, está ahí, presente, dimensionado y discursivo.  

El proyecto donde confluyen Diagnóstico Médico de Martino y Espacio Nido convocó esta vez a Augusto: 32 años; formado en un hogar donde el arte se bebía y se comía, arropaba y arrullaba; (re)formado académicamente en Artes Visuales en el Instituto del Profesorado de Arte de la Provincia (IPAT); (de) formado por una realidad que parece siempre desafiarlo.

“Creo que esa necesidad expresiva que te da el arte es una posibilidad de apartarte del sentido común, del mundo y de la manera en la que está diseñado y construido.  Esa necesidad expresiva es la que te da otras perspectivas”, cuenta.

“Desde chico tuve la oportunidad de tener ambos padres artistas: mi viejo, artista plástico y mi vieja, ceramista y docente. Entonces, siempre lo tuve al alcance de la mano. A la hora de imaginar, todo me fue más fácil: siempre supe que podía existir un escarabajo gigante o que se podían cocinar piezas cerámicas bajo la tierra. En este sentido, fue más fácil que para otros.  Nunca tuve una barrera a la hora de crear mundos imaginarios y plantear imágenes.  Pero además, fui criado en el respeto a los oficios del lenguaje que es, finalmente, lo que nos permite llegar a puerto”, dice.

Y ahí está el artista y lo que lo define: el oficio, el lenguaje y sus herramientas; la lanza y el peto para enfrentar un mundo que siempre le resultará una ciudadela fortificada a tomar.

“No existe un punto o momento particular en donde yo sea consciente de que una expresión debe ser exteriorizada.  Es algo que se va dando. Que se da.  Lo que sí es seguro es que, para mí, esa expresión es lo más cercano a la honestidad”. 

Y añade: “A la hora de crear una imagen, yo doy lo mejor que tengo para dar a esa imagen. Y, por ende, es lo mejor que tengo para darle, en ese momento, al que la recibe”. 

En las obras de Rossanigo suele haber dos planos.  Dos planos visuales, pero también dos planos temporales.  Y en el medio de ambos aguarda el sentido.  El primero, a través de la gama de los pasteles con una estética pop y algo de pergamino; el segundo, mucho más vibrante, a través de un trazo impresionista o hiperrealista.  Y en el medio, una idea o concepto que aguarda ser recuperado.  ¿Por la racionalidad?  A veces sí, a veces no.  ¿Por la emoción? A veces sí, a veces no.  A esa altura, el problema ya no es de Augusto.

“Es por ahí por donde me gusta transitar: en ese recorrido de planos y de capas.  Es ahí donde creo que aparece eso que, para mí, es fundamental en el arte: el misterio”.  Y resume: “El punto más interesante creo que es ese.  El que se genera entre los planos, lo que justamente no se ve”.

Decíamos que a cierta altura el problema de interpretación ya no era de Augusto. 

¿Por qué?  Nadie mejor que él para explicarlo. 

“Lo que está colocado en la obra es elegido, cuidadosa y especialmente para estar ahí.  Eso no significa que sea racional.  Es la propia imagen la que, de alguna manera, tiene la última palabra”. Y sigue: “Prefiero que las obras tengan esa apertura; que las complete cada uno con su subjetividad, que finalmente es lo más valioso y significativo”.

En las obras expuestas en Consultorios de Martino es posible detectar los temas que interesan al artista, que lo interrogan y desafían.  “Yo intento ser permeable a lo que me sucede y lo que ocurre en el lugar donde habito”, cuenta. 

¿Y cómo llegan esos estímulos?  De distinta manera. Otra vez, explica Augusto:

“El punto de partida es bastante ecléctico. Puede ser alguna cuestión cotidiana, alguna frase, a través de la literatura y la música o las artes visuales.  Son estímulos infinitos, como segundos en la vida”. 

Pero ya lo decíamos en el principio.  El tema que siempre subyace en las obras de Rossanigo es el tiempo y su paso: las ruinas, la historia, la cultura, los pueblos originarios; pero también lo que han dejado algunos hechos recientes.  El tiempo nuestro y las huellas sociales marcadas por la violencia y la desigualdad.

“Hay una cuestión constante en mi trabajo. Viéndolo con el paso de los años, creo que se trata de entender, de alguna manera, el tiempo, sobre todo el tiempo del ser humano, en el universo que nos toca habitar”, confía.

“Aparecen imágenes como la de los pueblos originarios que -debo reconocer- siempre me han atraído; y eso no es fácil de explicar.  Mezclo estos tipos de imágenes, de poblaciones lejanas, en tiempo y distancia.  Y mezclarlas con imágenes cotidianas o con manchas es lo que hace que vengan al hoy”.

“Hay un tiempo histórico que se traduce en las formas: los fondos, por ejemplo, tienen una estética más contemporánea.  Y, muchas veces, mezclo eso con elementos cotidianos, que están tratados de una forma más académica, más clásica.  Entonces tenemos dos tiempos.  Uno que es el tiempo histórico de esas cosas, de esos pobladores; y otro tiempo, el mío, el de ahora, el de mi casa”, confía.

“Lo que a mí me permiten estas distancias, de tiempo y de espacio, es imaginar.  Y a eso apunto, siempre. Es una forma que me gusta para vivir.  Una forma que elijo una y otra vez: vivir imaginando”.

juanperone@hotmail.com

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